miércoles, 19 de octubre de 2011

Concurso Sondra

Estaba andando tranquilamente por la calle, Julio, un chico alto moreno, ojos verdosos, muy guapo. Iba caminando pensando en sus cosas. Había metido las manos en los bolsillos tras haberse puesto los auriculares que le separaban de la realidad. Con su música se había evadido completamente del mundo. Caminaba. No sabía dónde iba, aunque tampoco le importaba, tan solo andaba.

Notó que hacía fresco, un día de otoño en el que no hace sol pero tampoco llueve. Una brisa le produjo un escalofrío que le puso la piel de gallina. Antes de salir su madre le había insistido en que se llevara una chaqueta, pero él defendía que no hacía tanto frío. Iba equivocado.

Estaba pensando en el amor y de pronto le vino a la cabeza la película que el otro día vio con Joel y su novia por Internet, El diario de Noa, pensó en que nunca encontraría al amor de su vida. Le sonaba cursi, pero a sus 17 años nunca había salido con ninguna chica, ni se había enamorado de nadie. Había tenido rollos y líos, pero nunca nada serio. Creía que ya era hora de encontrar a su alma gemela, a su media naranja, a alguien con quien compartir momentos felices y momentos duros, alguien por quien sufrir.

En ese momento apareció ella, una chica morena, de tez pálida y unos labios perfectamente pintados de rojo. No imaginaba que esa chica sería una persona vital en su vida, pero presintió que tenía que seguirla cuando vio que cruzaba la calle, y así lo hizo. La siguió hasta que la vio entrar en una casa. Esperó un rato, tal vez no era su casa. Al ver que no salía decidió llamar a la puerta. Abrió una mujer, de unos cuarenta y tantos años, con el pelo castaño y la piel blanca, una mujer muy guapa. Supuso que era su madre, ya que se parecían mucho, con años de diferencia.

La mujer la llamó, chilló: “¡¡Sondra!!”.Ella contestó que ahora bajaba. Sondra, un nombre curioso, peculiar, extraño, pero bonito. Julio observó a Sondra bajar rápidamente los escalones para acudir a la llamada de su madre. Ésta le dijo unas palabras, como unas tareas o algo parecido, la chica asintió y la mujer se marchó.

Sondra fue hasta la puerta y vio a un chico, un chico al que nunca en su vida había visto, pero le empezó a hablar como si se conocieran de toda la vida, con toda la confianza del mundo. Los dos alzaron la mirada y se centraron en los ojos del otro. Un momento de silencio, pero no de esos incómodos, al contrario, era como si al mirarse a los ojos supieran que estaban destinados a compartir algo, a estar juntos.

Entonces Julio abrió la boca y dijo: “Hola, me llamo Julio, no te conozco y tu no me conoces, pero sé que te quiero y que es para toda la vida. No me preguntes cómo, pero lo sé”. Al oír eso, Sondra se abalanzó sobre él y le besó. Unos segundos más tarde, al separarse, ella solamente pronunció cuatro palabras: “Yo también te quiero”. Y se volvieron a besar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario